
Año 4, no. 4, febrero 2025
Marcos Lizenberg
Corre el año 1969 y en el barrio de Recoleta, Buenos Aires, el chico espera con ansias la transmisión del alunizaje. Sus tiernos once años de edad no le impiden ser consciente de la dimensión trascendental del hecho. Las últimas dos semanas las ha pasado encerrado, calculando obsesivamente —en la biblioteca municipal, en charlas con los profesores del club, incluso hojeando la Enciclopedia Británica del vecino— las chances de que haya vida en la Luna.
Arturo Salvador Rodríguez Rosales
El nombre de mi padre
que fue el nombre de mi abuelo
que también fue el nombre de mi bisabuelo
no tengo
Niurbis Soler Gómez
En la ciudad,
cuando las luces se mezclan con sombras,
se oye el lamento de las sirenas.
Van recorriendo calles desiertas,
esquinas olvidadas por el tiempo,
buscando un eco,
una huella del que escapó de sus redes.
Annelise Michelle Belmonte Diaz
El retorno al estado primigenio está muy mal visto. Tildado de involución, se penaliza el deseo intuitivo de convertirse en aquello que las emociones y circunstancias nos obligan a ser.
Telma Romina
Me pongo perfume y salgo.
Camino a tomar el transporte público
porque las emisiones de CO2, la contaminación, salvemos al planeta.
Voy con los audífonos.
Finjo que no escucho lo que el talachero me insinúa con la mirada.
Atravieso la basura de la esquina con su bilis derramada
Mariana Díaz
Llego a casa después de un largo día de trabajo, al entrar únicamente el conocido olor de alojarla, un tufo casi aceptado como mío pues de mí emana, me recibe. Llevo ya un par de años viviendo sola aliviada en la ausencia de compañía, sin embargo esta noche preferiría que alguien habitara en verdad la casa, que la aprovechara cabalmente, que se adueñara de cada habitación hasta nombrarla hogar, que fuera en sí su confianza de lo perenne.